
EL MONJE
Campanas de invisibles catedrales
repican en mi cuerpo, me sofocan,
y como fuego eterno desembocan
sintiendo tu presencia en los cristales.
Obispos, sacerdotes, cardenales,
en vano a la prudencia me convocan,
mis sueños más ardientes se dislocan,
avivan mis pecados capitales.
Y en nuestra habitación, y por sorpresa
desnuda y desafiante permaneces
mirando como el monje se confiesa.
Como remedio santo te me ofreces,
segura de dejar sobre mi mesa
la dicha de los panes y los peces.
TADEO
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