
EL CANTO DEL DOLOR
No es que detenga su inminente filo
la muerte, ante mi voz o ante mi llanto,
ni que quiera beber el desencanto
del vino o de la sangre que destilo.
Ni Eurípides, ni Sófocles ni Esquilo
cantaron al dolor como yo canto,
ni saben de qué tumba me levanto
pidiéndole a la vida nuevo asilo.
Más sola está la noche sin su luna,
y yo, que luna tuve inexistente,
comparto su famélica fortuna.
Y ante el ojo por ojo del presente,
bendigo el alimento del que ayuna
sin odio y sin rencor, diente por diente.
TADEO