ESCLAVO
Qué
puede confesar quien nunca ha sido
la causa
del dolor en carne ajena
si el
látigo, al cumplir con su condena,
lo
quiere ver sumiso y desvalido.
Un
cuerpo mutilado, ensombrecido,
al
cepo fue a parar y quien ordena
el
peso del grillete y la cadena
lo
encuentra ya sin sangre y sin sentido.
Ha
muerto, o simplemente está dormido
los sueños
esparciendo por la arena
y un
perro blasfemando en su ladrido,
completa
lo macabro de la escena,
la
piel despedazando y el vestido
de
un alma que se va de tanto buena.
TADEO


